Mi responsabilidad

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Llevo tiempo dando vueltas a la cabeza a unas ideas que me gustaría compartir, pero me frenaba que alguien pudiera malinterpretar mis palabras pensando que trato de imponer un modelo de pensamiento y acción. Con estas líneas sólo  quiero reflejar una opinión personal, no aconsejar ni juzgar a nadie que opine o haga las cosas de manera diferente. Si tienes tendencia a la susceptibilidad, mejor cierra este artículo y sigue navegando por la web. Si continúas, espero que te haga reflexionar y si al final algo de lo que te digo resuena de alguna manera en ti, espero que gestionarlo adecuadamente te ayude a mejorar.

Vivimos en una sociedad en la que se tiende a relegar la responsabilidad de los malos resultados a terceros. De hecho el mismo lenguaje nos ayuda cuando decimos “se ha caído el vaso y se ha roto” en vez de “se me ha caído y yo lo he roto”; “me han suspendido el examen”, en vez de “no me he preparado lo suficiente y yo he suspendido”; o “el árbitro iba con el otro” en vez de “no he sido suficientemente bueno como para dejar clara mi superioridad”.

En el tema de la salud esto no sólo es más claro, sino también mucho más peligroso. Cuando caemos enfermos desterramos toda responsabilidad y relegamos nuestra recuperación a otra persona. En consulta me encuentro a menudo con personas que vienen con una lesión de semanas o meses de evolución y quieren que yo les solucione el problema, a ser posible con una sola sesión y al salir nunca preguntan que ejercicios deben hacer, que malos hábitos o posturas deben dejar de realizar y como mucho se interesan por qué crema se deben dar o que pastillas se deben tomar, es decir, algo sencillo. Cuando sugieres que deben de dejar de leer en la cama o sentarse mal en el sofá con un portátil en las rodillas, te miran con cara de recelo reflejando en la mirada el desconcierto por lo que les dices. “¿Acaso no es suficiente con que venga aquí?” Si lo que sugieres es un cambio de hábitos de vida más radicales como cambiar de alimentación o introducir ejercicio de forma regular en su vida, casi siempre te dicen un “si, si” que realmente quiere decir “no, no”. Detrás de estas negativas a tomar las riendas de su vida se esconde un miedo al fracaso seguramente debido a que ya han fallado en su empeño muchas veces anteriormente.

Pero hasta que no se agarre al toro por los cuernos, hasta que no me vea como principal responsable de mi situación, seguiré repitiendo modelos perjudiciales, afianzando y empeorando mis problemas de salud cada día más.

Y aquí va quizá mi afirmación más radical: Tú eres tu mejor médico. No hace falta tener la carrera de medicina para saber realmente si algo te beneficia o te perjudica. El problema radica en un tema de beneficios y costes a corto y largo plazo. Todo lo que es perjudicial tiene un coste a largo, pero sólo aporta beneficios a corto. Si te hinchas de grasas te podrá dar ciertas satisfacciones en tu paladar en el momento, pero sabes que tus digestiones serán pesadas, que ganarás peso y te encontrarás menos ágil. Si al llegar a casa te tiras en el sofá sabes que te produce un relax momentáneo, pero sabes que luego tendrás la espalda y el cuello agarrotado. Si te fumas un cigarro, la nicotina inundará instantáneamente tu sistema produciendo el placer de quitar los síntomas de abstinencia, pero perjudicará poco a poco tu organismo. Por el contrario, la privación de las grasas y azúcares en la dieta hace que por nuestros hábitos, ésta sea menos agradable, pero será más nutritiva, con menos carencias y mejorará nuestro estado general de salud. Hacer ejercicio todos los días nos hace perder tiempo para otras actividades, cansa y produce agujetas, pero nuestro cuerpo se hace más fuerte, menos tendente a las lesiones y móvil y descansarás mejor.

Casi todas las patologías musculares y articulares que veo en consulta o en las clases, se evitarían o mejorarían dedicando todos los días un rato a hacer algún tipo de ejercicio específico para tratarlas.

Me gustaría contar mi caso, sólo para mostrar que esta forma de pensar es el producto de una vida marcada por una enfermedad. Tengo Espondilitis Anquilosante (EA) desde joven. Es una enfermedad autoinmune reumática crónica con dolores y endurecimiento paulatino de las articulaciones de origen desconocido. Su principal síntoma es la rigidez y pérdida de movilidad. Cuando me diagnosticaron a los 20 años, el tratamiento se basaba en tomar antiinflamatorios no esteroideos (AINES) y tuve la suerte de que me recomendaran hacer taichí. Por aquella época, a duras penas alcanzaba las rodillas cuando me doblaba hacia delante.

En estos veinte años he probado de todo lo que me decían los especialistas con la medicina occidental, tradicional china y homeopática y aunque escuchaba y seguía sus instrucciones, sobre todo escuchaba y seguía las instrucciones que mi cuerpo me daba. Me di cuenta de que el movimiento del taichí me ayudaba. Podía estar de brote y no ser capaz de caminar, pero podía hacer las formas por trabajar de forma consciente los cambios de peso y relajar las tensiones que me producía el dolor. Adaptaba las formas a mi estado y me ayudaban a mejorar. El problema es que como en “el día de la marmota”, todo lo que conseguía en un día, al día siguiente se había perdido y tenía que volver a empezar. ¡Qué fácil era caer en la tentación de meterte un chute de medicamento y salvar así el día! Aunque la historia es larga, y no quiero aburrir con esto, os diré mis conclusiones, que las doy validez para mí y no tienen por qué ser transferibles a los demás:

  1. La enfermedad no te define como persona, sino lo que haces día a día para luchar contra ella.
  2. Los médicos tienen buena intención, pero a veces se rigen por protocolos. Si das café con leche a todo el mundo, con alguno acertarás, pero todos sabemos que cuando vamos al bar, cada uno toma el café de una manera diferente. He ido a especialistas de renombre que me han llegado incluso a decir que no hiciera ejercicio y me han sobremedicado. Conozco el caso de otra persona con mi misma patología que el doctor le decía “eso se solucionaría si fueras estirado”. Esto no quiere decir que si tienes un problema prescindas del médico, pero sí que no debes delegar toda la responsabilidad de tu tratamiento en él. Ten una buena comunicación con el profesional que tengas delante y hazle saber lo que haces que te viene bien y lo que te viene mal y sobre todo, si ves que esa comunicación falla por su parte, busca otro profesional.
  3. El movimiento es la mejor terapia. “Si las bisagras se oxidan o el agua estancada se pudre es por su falta de movimiento”. Si algo te duele 100 veces, no pasa nada, porque a todo el mundo le duele al principio. Si te duele la 101, entonces cambia de ejercicio porque ese no es bueno para ti. Lo importante es tener un arsenal de herramientas que puedas usar en función de tu estado. Yo combino un abanico de ejercicios que van desde estiramientos suaves, pasando por el chikung y taichí hasta ejercicios de alta intensidad con mi peso corporal. Soy capaz de identificar mis dolores y restricciones con una precisión absoluta para poder planificar mi entreno de manera que siempre puedo terminar poniendo ambas palmas en el suelo con las piernas estiradas. A veces me lleva 10 minutos, a veces más de una hora, en ocasiones es sencillo y otras hay que lidiar con el dolor por todo el proceso. Lo único claro es que si se quiere solucionar, hay que hacer de tripas corazón y tirar adelante.
  4. La fuerza de voluntad es la clave para tener unos buenos hábitos. Yo nunca me he considerado una persona especialmente fuerte. En mi juventud no he destacado por ser capaz de ponerme durante horas (a veces ni minutos) delante de los libros y no ha sido hasta mi etapa adulta cuando he aprendido que no es cuestión de “ser de una determinada manera o tener facilidades” sino de “querer conseguir algo”. Tener salud, sentirse bien es una carrera de fondo y como hace un maratoniano, lo importante no es hacer muchos sprints y pararte a descansar, sino ser capaz de mantener un ritmo y aguantar el tipo aunque vengan las cuestas, salgan ampollas o falte el aliento.
  5. No digo que podamos curar cualquier patología, pero que si nos hacemos realmente responsables, podemos si no solucionarla, ganar calidad de vida, reducir síntomas o enlentecer el deterioro. Sólo es necesario hacerse responsable, y luchar cada día como guerreros que somos. En mi caso, hoy en día no tomo casi medicación, pero es algo que me he ganado con trabajo constante. Si estás en una situación parecida, no te aconsejo que prescindas de los tratamientos prescritos, sino que incidas en la parte sobre la que tienes poder para mejorar y quizá con el tiempo, tu situación se parezca a la mía. Para terminar os dejo una cita de la película de Rocky que aunque está muy manida, siento que refleja perfectamente lo que he querido compartir en este artículo.

 

 

“Voy a decirte algo que tú ya sabes. El mundo no es todo alegría y color, es un lugar terrible y por muy duro que seas es capaz de arrodillarte a golpes y tenerte sometido permanentemente si tú no se lo impides. Ni tú, ni yo, ni nadie golpea más fuerte que la vida, pero no importa lo fuerte que golpeas sino lo fuerte que pueden golpearte, y lo aguantas mientras avanzas, hay que soportar sin dejar de avanzar, así es como se gana. Si tú sabes lo que vales ve y consigue lo que mereces, pero tendrás que soportar los golpes y no puedes decir que no estás donde querías por culpa de él, de ella ni de nadie, eso lo hacen los cobardes ¡ y tú no lo eres¡, tú eres capaz de todo”.

 

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